sábado, julio 01, 2006

(jipi dreams) PAPAS

Fue en los años de Alfonsín creo. En la Era de la Papa, previa a la Era de la Polenta.
Mi casa era todavía un cascarón blanco empollado en la tierra negra y cruda, rodeado de cipreses.
Por la ventana de la cocina se veía la casilla del gas con las garrafas, que ya avanzados los noventa con la llegada del gas natural, dejó de servir y la demolieron. En el lugar quedaron solo las malvas que la rodeaban. La copa frondosa de la madre selva aún dejaba ver la calle. Y el arenero lleno de palitas y tachitos donde yo jugaba, no era el cantero de la lila que hicimos cuando mi hermano más chico creció.
Ese año, con el último premio que había ganado mi papá en el certamen de pintura provincial que ganaba todos los años (contaban con ese premio como con el sueldo de maestra de mi mamá) compraron una bolsa de papas gigante y una de cebollas en Díaz Hnos, la distribuidora de frutas y verduras que quedaba en Dina Huapi. Varios vecinos se juntaron y cada uno compro su bolsa. Les hicieron precio al por mayor.
Cuando iba a jugar a la casa de Cathy y Alejo comíamos papa, en lo de Nehuén comíamos papa, en lo de Eli y Nati a veces no, en lo de André y Tania a veces tampoco.
En mi casa comíamos papa al horno, puré, buñuelos con queso, croquetas de papa con cebolla rallada (la receta de la abuela polaca), papa al horno con leche, pastel de papa, papas fritas, papa hervida con huevo, papa.
Fue en esa época la única pelea que recuerdo de mis padres. La única que me dio miedo de verdad.
Discutian a los gritos. De pronto, mi mamá me puso la campera (esa azul de plumas que me había regalado la tía Pilar) y nos fuimos las dos de la mano, caminando rápido bajo la lluvia helada que avisaba el final del otoño, sin paraguas, porque en Bariloche a los paraguas se los lleva el viento.
Íbamos muy rápido por la calle empinada, su mano me agarraba fuerte, íbamos como los arroyitos marrones, llevadas por el envión de la pendiente. Había muchas lombrices. Quería parar a mirarlas como hacíamos cuando volvíamos del jardín. No me daba tiempo y mis pies se sucedían al borde del tropiezo, sin siquiera esquivar los charcos. Las botas de goma como barcos amarillos brillaban exaltadas por el agua.
Caminamos kilómetros por el borde de la ruta. Yo no estaba cansada. No me animaba a estarlo. Mi mamá decía cosas, pero no me hablaba a mi.
Tengo hambre, dije por fin, y nos quedamos quietas. Como si la lluvia se hubiera detenido en seco, mi mamá me miró. Cruzamos la ruta, y empezamos a caminar para el otro lado, despacio. La lluvia no había dejado de caer. Mirá una lombriz, me dijo y sonrió ¿Porque cuando llueve hay tantas lombrices, ma? Porque se les inunda la casita y salen a pasear, a las lombrices les gusta mojarse, hasta que sale el sol y vuelven.

Hace poco le pregunte a mi mamá si se acordaba de aquella caminata, tenía la sensación de que nunca había sucedido. Sí, me dijo. Entonces le pregunté si se acordaba de la pelea. Sí, me dijo. Era un mediodía. Un sábado. Miraba llover por la ventana de la cocina mientras preparaba el almuerzo. Tu papá se acercó y me preguntó que íbamos a comer. Luego miró la bacha llena de cáscaras de papa, el agua de la olla que hervía, me miró a mi y me soltó: Y de postre… ¡papas!

Cuando volvimos, encontramos a mi papá parado al resguardo del alero, apoyado sobre una pala a modo de bastón, había hecho canaletas para encauzar los arroyos marrones, pero ya se habían rebalsado y, sobre el césped recién sembrado miraba avanzar el barro.


1 Comments:

Blogger yo said...

gracias a tu madre. hasta ahora seguía sin saber por qué salían las lombices con la lluvia.

3:51 p. m.  

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